El niño del taller
Mi abuelo Felipe tenía un taller de hojalatería en el patio de su casa. Ahí pasé mis primeros años.
Mi bata de hojalatero y la caja de herramientas que me regaló mi papá. Me paraba a un lado de él, siempre queriendo ayudar. Olía a pasta automotriz, al polvo de lijarla, a veces a acetileno. De fondo, El Fonógrafo.
Por la ventana se asomaba mi abuelita a llamarme a desayunar.
Otros niños jugaban adentro. Yo trabajaba.
Un día me dio su marcador de cera amarillo para que marcara los golpes de un coche que habían llevado a cotizar. A los pocos minutos el coche estaba lleno de círculos: el cofre, el toldo, las puertas.
Mis abuelitos y mi mamá se rieron. Pensaron que había marcado todo por jugar.
Eran golpes. Todos. Del más evidente al que no se veía.
Mi abuelito se rió otra vez. Luego me dijo que el trabajo estaba muy bien hecho, pero que el cliente no quería un coche de exposición: quería que los golpes que se notaban dejaran de notarse. Eso era lo que iba a pagar.
Lleva más de veintiún años contando esa historia.
Del taller me quedó el orden. Una cosa después de la otra.
La maqueta
Quería ser arquitecto, o diseñador industrial. En la prepa hice un montón de exámenes vocacionales y siempre salía lo mismo: diseño o informática.
Las maquetas las hacíamos en familia. La primera que recuerdo era de una casa sustentable: mi papá armó la estructura y los diseños, mi mamá la decoró. Después hicimos haciendas, montañas rusas, arañas.
Amo el diseño. Siempre me dio miedo dedicarme a él. Mi letra nunca ha sido bonita, nunca he podido colorear sin salirme de la línea.
Trazar líneas, eso sí.
Me gusta la Torre Reforma por lo cruda que es. Y me gusta el estilo cabaña de mi mamá, que no se parece en nada.
Las dos me caben.
En 2012 pasaba horas viendo YouTube. Un día me salió un video sobre lo que venía con Windows 8 y Office 2013. Vi la miniatura y me quedé con el diseño. Se llamaba Metro.
El video decía que había una prueba de noventa días para desarrolladores. Entré a la plataforma y mentí en todo el registro: puse dieciocho años —usé la fecha de nacimiento de mi hermano, que me lleva seis— y puse que era software tester. Solo quería los .iso.
Mi laptop era de 32 bits y creo que tenía dos gigas de RAM. El software fallaba todo el tiempo. Yo reportaba cada falla con el mayor detalle posible, porque estaba seguro de que si no lo hacía me iban a quitar el acceso.
13 Aprendí a programar.
Lo que está bien hecho no envejece.
La vitrina
El Porsche 911 ha sido mi coche favorito desde siempre.
Mi abuelo Felipe guardaba un 996 negro a escala en la vitrina de su casa. Yo vivía enamorado de ese coche.
Más tarde me lo regaló. Lo guardo con respeto.
Todavía no tengo uno. El día que lo tenga no será por el coche.
De los coches aprendí a mirar el diseño atemporal.
La vitrina era de mi abuelo. El café es de mi papá.
El café
En mi casa el café era de filtro o instantáneo, como en casi cualquier casa mexicana.
Era lo que se hacía juntos. Me lo inculcaron mi papá y mi abuelita.
En la prepa y la universidad se volvió otra cosa: sin café no empezaba el día. Llegué a prepararme dos litros para un viernes.
Hoy volvió a ser lo primero. Cuando sé que el día va a estar difícil, empiezo con una prensa en casa, o paso por Intervallum camino a la oficina.
Con mi papá casi no hablamos. Pedimos, nos sentamos, vemos pasar a la gente. Así llevamos años.
Hay días en que las manos piden algo que hacer.
Las manos
Mi papá sabe hacer de todo. Lo que sé hacer con las manos lo aprendí de él, y desde que tengo memoria lo hemos hecho nosotros.
Mi escritorio pasó por dos diseños antes de quedar como lo quería.
Una arquitectura backend no se ve.
Nadie va a pasar la mano por encima.
Un escritorio, sí.
Cuando termino el día, veo a otros trabajar.
Un eléctrico armando un cuadro. Alguien cableando una casa, reparando un techo o un coche, cortando pasto.
Encuentro paz en ver cómo la gente hace su magia.
Mi abuelo y mi papá dicen que no entienden cómo le entiendo a esas letritas.
Ellos valoran el desgaste mental. Yo valoro el físico, el que traen sus trabajos.
No bajé el ritmo. Seguí arriesgándome.
La espera
En la universidad, mi primer maestro de desarrollo se llamaba Ismael. Un día terminé un examen en pocos minutos y me dijo: «Veo que ya sabes programar muy bien. ¿Has escuchado de NodeJS?»
Llegué a mi casa ese día y me metí de fondo. Tenía un camino.
Estudiaba dos carreras, trabajaba y estaba empezando la empresa. Dormía dos horas. Me gustaba la ansiedad: pensaba que era mi motor.
Una noche, cenando con mis papás, me rompí. Tardé un año en cambiar algo.
Nos buscó un estudio de indoor cycling. Ya habíamos pagado el plugin de reservas cuando nos dijeron el dato que faltaba: el usuario tenía que poder elegir su lugar en la clase.
Faltaban días para abrir y el plugin no hacía eso. Usé un plugin de tarjetas de regalo como si fueran monedas, armé un producto por clase con una variación por cada posición, y dibujé catorce imágenes para que se viera cuál habías escogido. Ocho clases al día, seis días a la semana, duplicadas a mano todas las semanas.
Abrieron el día que tenían que abrir.
No tuve ingresos. No quería salir de la cama. Pensaba que lo mejor de mi vida ya había pasado.
Y me pasé el año metiéndole cosas a ese sistema: monitoreándolo, arreglándolo, agregando lo que se me ocurría que servía. Nadie me lo pagó.
Nos buscó otro estudio. Era la primera vez que nos pasaba. La dueña llevaba años tomando clases, y quería el sistema por las cosas que yo les había agregado a los usuarios.
Hacemos sistemas internos para empresas. Los trabajadores tienen que usarlos, aunque sean malos.
En este no. En este el usuario entra porque quiere.
Quiero aprender a disfrutar la vida sin la presión constante de lo que soy y de lo que voy a ser. El síndrome del impostor lleva toda mi vida conmigo.
Llevo diez años sin pareja. A veces toca elegir qué batalla pelear. Esa no ha sido la mía.
Quiero un 911. Quiero una familia. Quiero trabajar en mí, en cuidarme.
Ser alguien fuera de lo que he construido.
Nada de esto tiene que ver entre sí. Excepto que soy yo.
¿Me contradigo? Muy bien, me contradigo.
Soy inmenso,
contengo multitudes
La escuché por primera vez en La Vida de Chuck. La frase es de Whitman.
“Soy inmenso, contengo multitudes”
“Beginnings always hide themselves in ends”
“Experto en nada, solo un simple aprendiz”